En memoria · el último acto de amor

Blanquito, el que no aguantaba paredes

Blanquito Blanquito · en nuestro corazón para siempre
Blanquito mirando a la cámara en el jardín

A Blanquito lo tuve poco tiempo, y casi siempre de lejos. Entraba cuando quería y se iba cuando quería. Así lo conocí y así se fue.

Con quién andaba

Llegó con la bola: Pecas, El Niño y el Gordito.

Blanquito con su pandilla callejera en el patio
Blanquito (al frente, el de color más claro) con su pandilla

Al revés del Gordito, Blanquito era el que daba el paso al frente. No vivían adentro, pero no fallaban a la cita: mañana y noche ahí estaban, esperando su plato y su agua en el jardín. Cuando el Gordito ya no volvió, Blanquito se quedó con Pecas y El Niño, y siguió llegando igual.

Blanquito (a la derecha, apartado) junto al resto del grupo
Siempre un paso adelante del resto

El balín

Un día llegó con un balín encajado en la espalda. No era gato de dejarse agarrar y aun así aguantó a que lo curáramos, porque si no se le infectaba.

Era grandote y muy esponjado. Su debilidad eran las cajas de cartón: a veces le ganaba la curiosidad, se metía a la casa, se echaba en una y se quedaba un rato. Nunca más de eso.

Blanquito asomándose por el hoyo de una caja de cartón
Su gran debilidad: las cajas de cartón

«Nunca aguantó una puerta cerrada.»

Blanquito (a la izquierda) de noche sobre la barda, junto a sus compañeros
De noche, siempre vigilante

El día que todo cambió

Estuvo poco tiempo con nosotros. El final llegó de golpe.

Blanquito descansando hecho bolita
Uno de sus últimos momentos de calma

Un día, revisando el arenero, lo oí quejarse. Se me heló la sangre. Me acerqué y por primera vez en su vida no salió corriendo. Se dejó acariciar. Se dejó cargar. Ahí supe que algo estaba muy mal.

Había una mancha de sangre en la arena. Llevaba días sin poder orinar.

La decisión más dolorosa

Corrimos al veterinario. El ultrasonido lo confirmó: tenía cristales grandes tapándole la vejiga por completo.

La cirugía y los días de hospital costaban lo que en ese momento yo no tenía. Tuve que decidir.

Dejarlo con dolor, o que se muriera despacio más adelante, no era opción para un gato que se la pasó libre. Lo dormí. Prefiero cargar con eso a que hubiera aguantado un minuto más.

Para qué sirve lo que vendo

Ya no hay quien se meta en las cajas ni quien espere el plato al amanecer. Me queda que aquí comió, aquí lo curaron, y que al final no sufrió.

Lo que se vende en Yinkira paga esto: la comida, la arena y el veterinario de los que andan en la calle. A Blanquito lo perdí porque ese día no me alcanzó. Por eso insisto.

Hasta siempre, Blanquito. Libre hasta el último día.

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