Mohamed Ali, el que siempre volvía

Llegó flaquísimo, se le contaban las costillas, y aun así no se dejaba de nadie. Hizo algo que casi ningún gato de calle hace: llegó pidiendo caricias antes que comida.
Cómo se puso grande
Al principio comía de lejitos y no cruzaba la puerta. Con las semanas de comer diario se puso grande. Agarró músculo y una espalda que imponía. De ahí le salió el nombre.
Se volvió territorial, el dueño del patio. Con nosotros nunca cambió. El día que por fin se metió hasta adentro dejó de hacerse el fuerte.
Llegaba golpeado
Se peleaba de noche. Volvía cansado y abierto, con heridas que no le veías hasta que se acercaba. Aquí lo curábamos: limpiar, esperar, limpiar otra vez, hasta que cerraban. Esta casa fue su clínica.
Después de cada curación se dormía junto a nosotros. Esas horas eran las únicas en que no estaba pendiente de nada.
Su última batalla
Un día su lugar amaneció vacío. Lo esperamos toda la tarde. Y la siguiente. Nunca volvió.
Nos pasó lo mismo que con el Gordito: quedarte sin saber. Suponemos que perdió la última. Duele, y al mismo tiempo aquí comió, aquí lo curaron y aquí durmió tranquilo.
Era el más rudo de todos los que han pasado por esta casa, y el que más se dejaba querer.
Hasta siempre, campeón. Aquí siempre tuviste dónde llegar.

