El Gordito, el que nunca se dejó
El Gordito · en nuestro corazón para siempre
Al Gordito nunca lo toqué. Ni una vez. Era naranja fuerte, de los que se ven de lejos, y esa distancia fue todo lo que me dejó tener.
La bola
Andaba con Pecas y El Niño, y más adelante se les juntó Blanquito. Los tres no se despegaban.

Pecas y El Niño eran los alzados: cautelosos, pero se acercaban. El Gordito no. Bastaba con que dieras un paso para que se echara a correr y se metiera lejos, donde nadie lo alcanzara.
Pecas se le ponía al lado a hacer guardia. Se asomaba a ver quién venía y quién se iba, como si fuera su guarura.

El Gordito aparecía, comía rápido y se marchaba. Venía, comía y se iba. Ese era nuestro único pacto.

Un día dejó de venir
Con el Gordito no me alcanzó el tiempo. Nunca me gané su confianza, nunca le toqué ese pelo naranja, nunca lo tuve adentro.
Un día dejó de venir. Pecas y El Niño siguieron haciendo su guardia, ya sin él, y el plato se quedó servido. No lo volvimos a ver.
El cielo de los gatos
Lo peor es quedarte sin saber. Preferimos pensar que se murió sin miedo, en algún lado tranquilo.
A veces me reclamo por no haberlo alcanzado a meter. Pero el Gordito se fue sabiendo que aquí siempre había plato, que sus amigos lo cuidaban y que nadie lo iba a agarrar a fuerzas. Para un gato de la calle, eso ya es algo.
Hasta siempre, Gordito. Nunca te dejaste, y ni falta que hizo.

